Diego Medina - "Un jugador de mil batallas"

Su historia

Diego Fabián Ceferino Medina, popularmente conocido como “El Conejo”, nació el 30 de julio de 1966. Es hijo de Marta Giraudo y Edgardo “El Negro” Medina. Tal vez de su padre heredó el talento para el fútbol. Ese talento que inundó de alegría tantos días de su vida. Es único hijo, y siempre fue muy mimado por todos sus parientes. Además, era el sobreprotegido de su abuela: la inolvidable “Josefa”, quién consentía cada gusto del niño, sin saber, que años más tarde el pequeño se convertiría en un sobresaliente deportista. Los vecinos que lo vieron dar sus primeros pasos, recuerdan –con sonrisas cómplices en sus rostros–, que Diego, en su infancia, fue muy travieso e inquieto. Su vínculo con el deporte data, prácticamente, desde la cuna. Practicó todos los deportes, pero su favorito fue el que mueve a miles de personas, ese que despierta pasiones sin lógica y que genera alegría, nostalgia, angustia, y tantas otras emociones que resulta imposible traducir en palabras, pero que condimentan cada partido de fútbol. La relación entre el fútbol y la hinchada es única. Los verdaderos hinchas, los días lunes, tienen las marcas en su corazón, de lo que ha pasado el domingo.

A los cinco años, y sin el permiso de sus padres, Diego llegó al Baby Fútbol y se inscribió. Allí lo recibió su primer profesor, nuestro querido “Profe” Jorge Giacomino. Ese día llegó muy tarde a su casa, sin percibir que el gran movimiento del barrio “Plan Vea” era debido a su ausencia, pues sus padres y vecinos estaban buscándolo desde muy temprano, ya que al advertir su ausencia prolongada, comenzaron su búsqueda. En ese instante de preocupación colectiva, “El Conejo” estaba pateando una pelota en un predio donde sobraba amistad, compañerismo y afecto: el Baby Fútbol. Allí se quedó hasta los 13 años –maravillado con el mundito que había descubierto– aprendiendo los fundamentos del deporte y diversas tácticas deportivas que le inculcó el Profe Jorge Giacomino.

Luego pasó al Club Atlético 9 de Julio Olímpico, donde jugó hasta los 15 años, cuando Enzo "Tito" Trossero impresionado por el talento del adolescente, lo llevó a Independiente de Avellaneda de Buenos Aires. Diego viajó solo en camión; fueron días muy duros, la lejanía de su hogar, de sus afectos, y los kilómetros que lo distanciaban de sus amigos, pesaron en su decisión de regresar al calor de su pueblo, que lo esperaba con los brazos abiertos. Su familia sintió un gran alivio cuando volvió, ya que también había padecido mucho el desapego.

Quizás en estos tiempos, con la revolución de la tecnología y la comunicaciones “on line”, la historia hubiera sido otra, pero las herramientas que hoy acortan notoriamente las distancias físicas, no estaban disponibles en aquellos tiempos. Lo cierto es que Diego regresó al “9”, “su club”, porque él realmente lo siente así: suyo, propio. En 1983 y con tan sólo 15 años debutó en primera división, como volante por derecha. Tenía buen manejo de pelota y un excelente estado físico, lo que le permitía llegar hasta la línea de fondo y desbordar con centros exquisitos que caían en la cabeza de algún compañero y no pocas veces, terminaron en goles que alborotaban a todos los hinchas. Dueño de una privilegiada visión de juego, también tenía capacidad para defender, velocidad, explosión y resistencia física para jugar partidos intensos a un ritmo elevado. Trasladaba el balón con la cabeza en alto, con una sutileza que asombraba a propios y extraños. Sus pases siempre tenían como destinatario un compañero ubicado en la mejor posición para receptar la pelota y atacar al rival. Siempre fue un jugador distinto, un estratega rápido de reflejos.

“El Conejo”, en su adolescencia también incursionó en el básquet. Tuvo una participación destacable, llegando a jugar en el “9” de Morteros.

Y como de desafíos se trata la vida, en 1985, un sorteo gubernamental lo obligó a cumplir la ley que establecía el “Servicio Militar Obligatorio” (esta Ley fue derogada en 1995, en la República Argentina). “El Conejo” debió instalarse en la ciudad de La Calera para cumplir con este deber ciudadano. Su preocupación era cómo afectaría esta nueva situación, su relación con el fútbol. Pensaba y soñaba con la pelota. Y como a su pasión nada la podía detener, comenzó a jugar en Juniors de Córdoba. Lo hizo por un período de dos años. En ese equipo compartió partidos con un jugador que pronto se convertiría en su gran amigo: José Luis Villarreal, alias “El Negro”; un mediocampista brillante que años más tarde jugó en Boca, River y en la Selección Argentina, y que actualmente se desempeña como Director Técnico Alterno en Colo-Colo, en la Primera División de Chile.

Luego y por circunstancias de la vida, decidió retornar a su localidad y jugar en Sportivo Belgrano de San Francisco, donde fue apodado “Tamberito”. Allí deslumbró con su perfomance, en una excelente campaña deportiva. Participó en varios campeonatos, y compartió equipo con “pibes” de su pueblo natal: el “Turco” Yafar y “Cepillo” Bianchotti. En ese equipo, el preparador físico era otro freyrense: el profesor “Beto” Rolando. En ese momento, Diego trabajaba en la Ferretería General Paz.

Hay una anécdota muy singular que lo pinta de cuerpo entero: Sportivo Belgrano (equipo en el que jugaba) viajó a Córdoba para disputar un partido. Cuando el equipo llega a “la Docta”, deciden detenerse a desayunar en la terminal. Antes de continuar el viaje rumbo a la cancha, un compañero –precisamente el “Turco” Piergentile–, quien se desempeñaba como arquero, le pidió a Diego que le avisara al resto del grupo, que iba al baño, y que por favor lo esperaran, que no se fueran. Cuando los demás integrantes del equipo finalizaron de desayunar, todos tomaron sus cosas y se retiraron del lugar, olvidándose al arquero en el baño de la terminal. Recién cuando llegaron a la cancha, advirtieron la ausencia de este jugador fundamental para el equipo, quién llegó sobre la hora del partido, en remís, con un humor similar al de un león enojado. No obstante, en un par de minutos, el enojo se transformó en bromas. Estas anécdotas de color son las que humanizan ese bello deporte llamado futbol…

No podemos dejar de mencionar el apoyo y acompañamiento incondicional de su padre, pilar fundamental y sostén de cada decisión que Diego tomó. “El Conejo” pasó por varios clubes y localidades desparramando talento: Tiro Federal de Morteros (siendo el goleador de la zona Norte); Ramona; Saturnino María Laspiur; La Florida; Las Petacas, Devoto (aquí ya trabajaba en Manfrey). Luego regresó a Sportivo Belgrano y terminó su carrera como jugador, en el año 2002, en el club de sus amores: el “9” de Freyre.

Su conducta es digna de destacar. Fue un deportista disciplinado, responsable, constante y puntilloso en términos futbolísticos. Se comportó siempre como un verdadero profesional de la pelota, resignando salidas, viajes y fiestas, por el fútbol. Junto a Silvia –su esposa y compañera entrañable– supieron inculcarles importantes valores a sus hijos Tatiana, Milagros y Leonardo, quienes también son asiduos deportistas. En su familia abrazan una frase como filosofía de vida: “no es grande quien nunca falla, sino el que nunca se da por vencido”.

Para Diego, desprenderse del fútbol era una tarea difícil. Entonces decidió cursar los estudios para ser técnico y comenzó a dirigir al “9” de Freyre, en divisiones inferiores y mayores. Luego lo hizo en Brinkmann, en el club Centro Social y Deportivo, por un período de dos años.

Pero su vida deportiva no termina aquí. Su espíritu inquieto logró convertirlo en observador y captador de jugadores para el Club Vélez Sarsfield de Capital Federal, durante varios años. Allí adquirió la experiencia y conocimiento necesarios que lo llevaron a trabajar en Talleres de Córdoba, donde se desempeña actualmente. Primero lo hizo como captador y luego como ayudante veedor de la Primera división, demostrando compromiso, responsabilidad y transmitiendo esa sabiduría profesional que pocos poseen.

Para los chicos de su barrio, Medina es un grande, es un referente, un ejemplo para imitar. Cuando camina por las calles de su pueblo o anda en bicicleta, es reconocido por grandes y niños. Siempre devuelve el saludo y conversa un rato con cada uno. Ha tenido gestos de una nobleza única, trayendo obsequios de su actual club a quienes son fanáticos de la “T”. También existe un niño de Freyre que se ha cambiado de club por la admiración hacia él, siendo hoy un hincha de la “T”, pero principalmente un hincha de Diego Medina.

Por tu extenso caminar por la ruta del deporte, gracias “Conejo”. Has hecho que el fútbol por un momento deje de transmitir individualidades y sea visto como un deporte y una profesión donde es posible encontrar amigos que perdurarán a lo largo de toda la vida. Lograste transmitir la importancia del esfuerzo y la responsabilidad en todo lo que una persona decida emprender. Y nunca olvidaste tus raíces.

¡Felicitaciones Diego en nombre de Freyre! Que este reconocimiento sirva para hacernos eco de las palabras de Mahatma Ghandi: “nuestra recompensa se encuentra en el esfuerzo y no en el resultado. Un esfuerzo total es una victoria completa”. ¡Muchas gracias por representar con responsabilidad a Freyre en distintos puntos de nuestro querido país!

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