Miguel Domingo "Mingo" Tessio - "Un corredor estrella con alas"

Su historia

El ciclismo es una actividad física en que se usa una bicicleta para recorrer circuitos al aire libre o en pista cubierta. Es un deporte de equipo, apasionante, en el que se demuestran las habilidades de los corredores de cada equipo, así como la perfección de las estrategias y ayudas de los integrantes del equipo y el cuerpo técnico hacia su corredor estrella. Hoy nos vamos a ocupar de esa estrella, estrella que hoy brilla más que nunca y nos acompaña quizás en alguna bicicleta alada, estrella que guió y ayudó a sus compañeros de rutas pedaleando y aconsejando a cada uno de los valientes que salían a su lado para vivir experiencias inolvidables, aprendiendo de este gran maestro de la vida.

Hablamos de Miguel Domingo Tessio, más conocido como “Mingo”. Nació en Freyre el 27 de julio de 1947; alegrando, para siempre, la vida de sus padres: Miguel Tessio y Dominga Molina. Es el menor de cinco hermanos y el único varón (Renata, Norma, Leonor y Milka son sus hermanas mayores quienes supieron consentir al pequeño de la casa). Se casó el 24 de diciembre de 1970 con Adis Maria Luisa Bravo. Tuvieron tres hijos: Paola, Gastón y Gisella.

“Mingo” fue orgullosamente hincha de Boca. Conoció el esfuerzo y valor del trabajo bien de cerca. En su adolescencia trabajó repartiendo pan con una jardinera tirada a caballo para la panadería de Peretti. Luego trabajó, más de una década, en la panadería y confitería de Nilso Brezzo. Y también realizó el servicio militar obligatorio, donde aprendió su oficio de pintor de obras que luego se convirtió en su herramienta y medio de vida.

Las dos ruedas lo desvelaban; era su pasión. Sólo puede entender esta locura quién la comparte. Primero le dio lugar a las motos que lo llevaron a participar en campeonatos zonales.

La música también fue unos de sus hobbies, ya que considera que después del silencio, lo que más se aproxima a expresar aquello que no puede hacerse con palabras, es justamente la música, la melodía. Por esta razón y con firme convicción, integró la orquesta de Juan Casani y la orquesta local. En su casa era habitual que se escuchara sonar los Cantores del Alba, porque el folclore era otra gran debilidad en su vida.

Siempre fiel a los deportistas locales destacados, sintió una profunda admiración por Carlos Delgado y por Juan Martillo Roldan a quiénes acompañó en varias oportunidades.

Pero andar en bicicleta, rodar por las rutas y pistas, es la actividad física que más lo cautivó. Es una actividad que tiende a una situación de relajamiento mental, de contacto con nuestros semejantes y con la naturaleza. Y además, tiene un valor agregado: es una buena razón para fortalecer el compañerismo, la integración social y el intercambio. “Mingo” equilibró con este deporte, trabajo físico y sociabilidad.

En el año 1985 empezó a pedalear con su amigo Hugo Quintino. Las juntadas eran por la noche, y circulaban alrededor de la plaza local. Jorge Perez, Luis Baudino, Jose Luis Grangetto (Tosio), Lucas Baronetti , Guillermo Rittiner, Mauricio Carignano, Germán Cassinerio , Marcos y Lucas Quintino , Mauricio Brezzo, Gustavo Ruffino, entre otros, pronto se fueron sumando al equipo.

En la navidad de ese año le dio a su hijo ese regalo que para él resumía el amor incondicional que sólo un padre puede sentir: su primera bicicleta de carrera. Y aprovechando la ocasión lo sumó al grupo de pedaleo. Esas noches de verano alrededor de la plaza fueron inolvidables para “Mingo”. Cada vuelta era supervisada nada menos que por el gran Romaldo Storero y por “Caimán” Gianinetto que desde su casa les tomaba el tiempo. Aquellas noches quedaron grabadas en el cuerpo de cada uno de sus protagonistas y de todos los que se congregaban para observar y admirar a estos incansables corredores y amantes del ciclismo.

Posteriormente armaron una comisión de ciclismo que se encargaba de organizar carreras alrededor de la plaza como así también en el óvalo de tierra ubicado en el club 9 de Julio, pista de motociclismo que funcionaba donde hoy se encuentra la cancha de fútbol del Bicentenario. Muchas personas se acercaban a esas famosas carreras de bicicletas. Organizaron eventos para recaudar fondos, entre ellos: una raviolada en el Club de Abuelos donde asistieron más de 400 personas.

Su hijo Gastón, ya con esa pasión heredada y genéticamente incorporada por el ciclismo, comenzó a recorrer distintas partes del país participando de carreras zonales, provinciales y nacionales. Cuentan que a todas las bicicleta que “Mingo” armaba, le sacaba una bolita del centro de cada rueda porque estaba convencido que así girarían más rápido. Creía profundamente en eso y lo llevaba a la práctica. Lo creía con tanta fuerza que nadie podía decir ni evitar creer que eso no era cierto, porque poseía esa magia de creer en sí mismo, de confiar en sus posibilidades, de creer que todo es posible y cuando eso ocurre todo puede suceder.

Participó de numerosos encuentros ciclísticos (no eran competencias, eran encuentros a velocidad controlada). Las competencias empezaron con la bici de mountainbike en el campeonato de “rural bike” y el campeonato “Dos provincias”, de mountainbike.

Fue de esas personas que se necesita que estén presente. Su sonrisa, su compañerismo, su optimismo, y su generosidad con sus pares, lo hicieron imprescindible en todo grupo humano que integró. Cuando se necesitaba una bicicleta o una rueda porque a alguien le había pasado algo, “Mingo” era el primero en correr a ofrecer la suya. Fue una persona muy querida, formador de grupos. Desde su partida de este mundo terrenal, las juntadas de los sábados a las 14 hs se terminaron. El campeonato “Dos provincias” que organizaba con su hijo, también se terminó; y el circuito Romaldo Storero también quedó abandonado. Todo era impulsado por él, por sus ganas, por su fuerza, por su luz, por su magia. Seguramente ese es el motivo por el cual hoy es tan sentida su ausencia física, porque era excelente y admirable su capacidad para integrar gente. A toda persona que veía circulando en una bicicleta de carrera, lo invitaba a sumarse al grupo de los sábados. Era un amigo fiel, nunca abandonaba a sus compañeros, resignaba su entrenamiento para acompañar a los que recién empezaban y si las piernas no les daban más, él los enganchaba en su bicicleta, hacía el esfuerzo para que todos pudieran llegar a la meta. Los empujaba hasta llegar pero jamás los dejaba en la ruta. Códigos, don de gente, convicción, motivación, ejemplo.

Todo esto fue “Mingo”. Si la bici de alguien se rompía, el que se quedaba a acompañarlo era él, sólo él, compañero incondicional de todos. Compartió su vida deportiva con personas de todas las edades, fue un educador nato. Los que tuvieron el privilegio de conocerlo bien de cerca, resaltan su paternalismo y su virtud pedagógica, digno de imitar. La última anécdota que nos dejó fue un mes antes de su fallecimiento. En una carrera por el campeonato de “Dos Provincias” de Mountainbike donde estaba peleando por el tercer puesto, en la última vuelta aparece al final. Cuando llegó a la meta le preguntaron qué había sucedido, y su respuesta dejó atónitos a todos los que lo rodeaban: quiso enjuagarse la boca y se le cayó la dentadura postiza, situación que seguramente provocó la mayor adrenalina de todas las carreras disputadas hasta el momento. Tuvo que esperar que pasaran todos y rogar que no se la pisaran para poder recuperarla. Fue un episodio muy cómico que pinta de cuerpo entero la grandeza de este SEÑOR (sí, con mayúsculas). Cuando se enteraron los organizadores se lo transmitieron al locutor del evento que lo relató por los parlantes, sólo se escuchaban risas de toda la gente que estaba presente, éste era “Mingo”, un tipo sin protocolos aburridos, capaz de reírse de sí mismo, espontáneo, sin formalidades, atento, apasionado, con una calidez humana propia de los grandes educadores de la vida. Por todo esto se lo extraña tanto y es por ello que el tercer domingo de febrero de todos los años, se realiza un homenaje con una bicicleteada de San Francisco.a Miramar organizada por sus compañeros de San Francisco. El primer año hubo 50 ciclista que se reunieron para rendirle tributo; el segundo año ya fueron más de 70 bicicletas de toda la zona rodando para brindarle los honores que esta gran persona se merece y que hoy desde este relato intentamos transmitir.

Nos dejó físicamente el 31 de julio de 2015, a los 68 años, para convertirse en ese corredor estrella que seguramente desde algún lugar observa, montado en su bicicleta alada, a los que quedaron aquí continuando su legado. Estamos convencidos de que siempre contó con alas que le permitieron volar con su bicicleta, puesto que como expresara Jim Morrison “cada uno de nosotros tiene un par de alas pero sólo aquellos que sueñan con aprender a volar saben cómo usarlas”…

¡Felicitaciones “Mingo” Tessio; gracias por tu obra en el mundo del deporte! Los vecinos de Freyre valoran tu legado, aplauden tu generosidad y te extrañan mucho. Gracias a tu familia por permitirnos realizar este humilde pero sentido homenaje. Gracias por sembrar cantidades oceánicas de humanidad en nuestra gente. ¡Hasta pronto!

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