Enrique "Cepillo" Bianchotti - "Capitán de mil batallas"

Su historia

Una frase escrita en un viejo y despintado paredón, sentencia: “El pasado nunca está muerto”. Síntesis inmejorable, porque los legados logran ser el orgullo del presente de un pueblo y el combustible que motiva a nuevas generaciones para encarar el futuro. Hoy les propongo viajar por el tiempo. Sobrevolemos juntos por la historia de Freyre. Retrocedamos unas décadas. Llegamos. Bienvenidos a un fin de semana de 1982 (año en el que el 9 de Freyre, disputó el Pre-Regional de fútbol). Las agujas de un viejo reloj de madera marcan las 3:30 de la tarde. Es domingo y es un día soleado. Cepillo Bianchotti ajusta los cordones de sus botines por penúltima vez. El sol encandila el rostro del capitán del equipo. Se acerca a la cancha caminando en silencio –a paso firme–, y con la mirada fija en la pelota que sostiene con sus dos manos. Pasa entre una multitud que lo arenga en la puerta norte de la cancha. Todos lo palmean para darle unos gramos extra de suerte. El capitán del 9 de Freyre entra a la cancha concentrado, con el deseo invencible de alegrar los corazones de los freyrenses. Saluda al árbitro engominado y posteriormente al capitán del equipo rival (en ambas oportunidades extiende su mano derecha). El árbitro les desea suerte a ambos capitanes y lanza una moneda al aire para definir qué equipo moverá la pelota para dar inicio al partido. La moneda gira exactamente siete veces en el aire y cae sobre la palma de la mano izquierda del juez del partido. A Cepillo el azar le asignó el arco que da al sur. Los rivales sacan. Los hinchas preparan sus gargantas y manos para gritar y aplaudir durante noventa minutos. Sólo se tomarán un respiro en el entretiempo, para comer un choripán y para analizar con espíritu crítico y con precisión quirúrgica, el desempeño de cada jugador del Club Atlético 9 de Julio Olímpico de Freyre. Saben que Cepillo no les fallará, que es un jugador que juega igual todos los partidos y que no conoce de mezquindades. En otras palabras, saben que no se guardará ni un centímetro de esfuerzo. Los hinchas tienen la plena tranquilidad de que el capitán dará todo de sí, como lo hizo en todo partido que lució los colores del “9”. Todos están orgullosos del brillante defensor que tiene Freyre. No se oyen disensos; el reconocimiento es unánime y audible. Cepillo se ganó ese concepto entrenando duro con frío, lluvia y también con calor extremo. Se lo ganó yendo al piso y robando pelotas imposibles a los delanteros más desequilibrantes y saltando a cabecear como si estuviera en juego la soberanía nacional. Un dato importante se desprende de las estadísticas del fútbol regional: ¡Cepillo nunca perdió una pelota aérea! Un viejo perro fiel, observa de reojo el partido y ladra contento toda vez que Cepillo interrumpe el avance de los rivales. Así como durante los vuelos actuales (año 2018), los teléfonos celulares deben programarse en “modo avión”, Cepillo se programaba en modo “entrega 100%” todo vez que salía al campo de juego a representar a su club y su pueblo. Esta postal dominguera que intento plasmar en estas líneas escritas, fue una constante en el fútbol regional.

Pero retrocedamos más, viajemos un poco más por el túnel del tiempo, rumbo hacia los recuerdos más profundos. Buceemos ahora por las raíces, focalicemos nuestra atención donde comenzó todo. Esto nos obliga a situarnos en el primer llanto del "Gran Capitán", es decir, en su nacimiento. Enrique Carlos “Cepillo” Bianchotti, nació el 20 de junio de 1961, alegrando las vidas de Rosa Sitto (alias “Rosita”) y Ronolfo Bianchotti (alias “Bayo”). Cuando Enrique era pequeño, Nelly Tórtolo –su maestra en la escuela Ramón J. Cárcano de Colonia Anita– lo apodó afectuosamente “Cepillito”. Cuando creció en años y en altura, el apodo mutó a “Cepillo”, y se mantiene en la actualidad –así lo conocen todos los freyrenses –. En la ruta de vida de Cepillo se observa un intenso caminar por el mundo deportivo. Esto le obsequió amistades, aprendizaje, madurez, glorias y derrotas. Todo le sumó experiencias que componen su capital emocional. En su legajo futbolístico varios hechos adquieren particular relevancia: su debut en primera fue en 1980; fue campeón con el 9 de Freyre en 1982 (Liga Regional); campeón con Sportivo Belgrano en 1987 (Copa Gobernación); campeón con Sportivo Belgrano en 1988 (Liga Cordobesa); Campeón con el 9 de Morteros en 1991 (Liga Regional); campeón en 1994 jugando para Antártida de San Francisco (Liga Regional y Absoluto); campeón en 1996 con el 9 de Morteros (Liga Regional); campeón con Antártida en 1998 (Liga Regional). Se retiró del fútbol en 1999, jugando para Defensores de Frontera (Liga Rafaelina, zona B). Cepillo también logró ser, nada más y nada menos, que el capitán de Sportivo Belgrano de San Francisco, otro mérito para nada desdeñable. Este distinguido defensor freyrense, conoció el delirio electrizante del triunfo y el polvo amargo de la derrota.

La adversidad deportiva que más recuerda acontenció cuando jugaba para Antártida de San Francisco, en una final contra Central de Río Segundo. Su equipo iba ganando y luego Central lo empató y tuvieron que definir a penales. El último penal lo pateó Cepillo y lo erró. La amargura tomó su rostro por asalto y durante unos minutos vivió el episodio como una situación trágica. Pero luego de darse una ducha fría, las ideas se acomodaron, la reflexión le quitó espacio al impulso y comprendió que quizás ese hecho fue necesario para confirmar su condición de ser humano, es decir, de un sujeto imperfecto como todos los mortales. Entendió que si Diego Maradona erró penales siendo un astro del fútbol mundial, él también podía fallar. Repensar la situación y analizar el episodio en perspectiva le aportaron serenidad y aceptación. Esta situación amarga, también le enseñó que cuando la adversidad visita a las personas, un buen ejercicio es afrontar el dolor, mirarlo a la cara y tratar de aprender algo de ese acontecimiento. Desde entonces, cuando el azar y el desempeño les confirieron a él y a su equipo, la condición momentánea de derrotados, esto no le hizo pasar por alto el extraordinario carácter de muchos hechos previos al momento en que mordieron el polvo. Cepillo comprendió que quienes ante un traspié y al ver de cerca el rostro demacrado de la derrota, saltan a la vereda de enfrente, en realidad lo que hacen es renunciar a aprender de ella. Este no es el caso del Gran Capitán protagonista de esta historia, quien es reconocido en el mundo del deporte por su constancia, coraje y resiliencia.

Brilló como central, lugar del campo de juego donde se respira adrenalina en estado puro. Era un líbero tiempista que se elevaba con clase para cabecear. Fue un líder carismático nato y es una referencia obligatoria para todo jugador que pretenda ocupar ese puesto. Fue conocido y reconocido en todo el Departamento San Justo. Cosechó respeto y admiración de varias generaciones, por su conducta y por su dedicación al deporte. Cuestionó fallos de los árbitros cuando eran injustos y defendió los colores que vistió con ímpetu y honorabilidad. Cuando los árbitros acorralaban a su equipo en su arco sancionando faltas absurdas, era posible ver a Cepillo pararse frente al árbitro, con las manos atrás de la espalda (señal de respeto a la autoridad), con los hombros encogidos y exigiendo explicaciones. Los árbitros de entonces, también lo respetaban, evidencia de su buen caminar por las canchas de fútbol.

Es bien conocido que Enrique Bianchotti se jugó las piernas en cada jugada, en cada cruce, y toda vez que le tocó disputar una pelota dividida. Cuando saltaba a cabecear, lo hacía con los codos abiertos, y parecía que el tiempo se detenía. Quedaba suspendido en el aire, como si se tratara de una película en cámara lenta. Posteriormente cabeceaba el balón poniendo fin al peligro ocasionado por el equipo contrario contra el arco que defendía, o bien, empujando la pelota contra el arco rival –en corners y tiros libres de su equipo–, logrando enviar con un frentazo furioso, la pelota al fondo de la red. Tenía un estilo similar al del Patrón Bermúdez (el colombiano que se destacó como defensor de Boca en la era de Carlos Bianchi). Cepillo es hincha de Boca Juniors y si bien no tenía un ídolo específico, admiraba mucho el modo de juego del Checho Batista, el jugador campeón del mundo en México (1986).

Cepillo expresa, cuando le preguntan, que lo más importante en la vida de un deportista es la dedicación, la perseverancia, la buena alimentación, el entrenamiento diario y evitar los excesos. Nunca fumó, porque considera que este hábito es nocivo para la salud y porque cree con vehemencia que fumar es darle ventajas al rival. Siempre con la mirada constante en el juego y el talento bien encauzado, fue dueño de una voz que lograba ordenar a los equipos más anárquicos. Transpiró centenares de litros de entusiasmo y optimismo. Su temperamento y fortaleza física fueron otros valores agregados. Algunos medios lo calificaban como un central sólido, duro, difícil de pasar. La bravura de sus piernas la conocieron los delanteros atrevidos que quisieron tirarle un caño o un sombrero. Quienes lo intentaron, no volvieron a repetir la acción en lo que restaba del partido. En su corazón ondearon y ondean –con furor– los colores del Club Atlético 9 de Julio Olímpico de Freyre. Vale recordar, que en los partidos adversos, cuando casi no quedaban luces de esperanzas parpadeando, siempre aparecía el coraje entusiasta de Cepillo. Sus botines desprendían un intenso aroma a valentía y liderazgo. El triunfo siempre encontró la puerta medio entornada para encontrarlo.

Cuentan en los bares, que cuando jugó en Sportivo Belgrano, Cepillo salía a la cancha con el sol de San Francisco posando en su rostro y el afecto por Freyre recorriendo sus huesos. Sus compañeros encontraban en él un refugio para acudir en momentos difíciles. Sus excompañeros de fútbol ejercitan su memoria, y señalan que la camaradería de Cepillo trascendía la fugosidad de los noventa minutos que duraba el partido. Este Capitán mil batallas, también incursionó como entrenador y le fue bien. Fue el Director Técnico de de la Juvenil del 9 de Freyre (clases 1976-77), equipo que se coronó Campeón Regional y Campeón Absoluto. Actualmente Cepillo mira el futuro a través de los ojos de sus dos hijos, Ulises y Lucila. Si alguna fortuna quisiera dejarles, es la firmeza necesaria para que tengan voluntad y constancia para construir su felicidad. Sus hijos van al encuentro de sus respectivos destinos, con la convicción con la que su padre les quitaba la pelota a los delanteros más habilidosos.

Cepillo además del deporte, siente un profundo afecto y respeto por los animales. Desde muy pequeño le gustaron. Es posible recordarlo con su perra ovejera alemana “Diana” y con su yegua “Tuerta”, a la que adiestraba para hacer saltos hípicos. Desde hace un tiempo, el Gran Capitán cambió los célebres botines –que tantas satisfacciones le regalaron–, por una bicicleta, a través de la cual canaliza su amor por el deporte con un nuevo hobby: el ciclismo. Mientras pedalea, recuerda las épicas batallas futboleras que protagonizó, los amigos que cosechó gracias al deporte y las personas que ya no están físicamente, pero que lo guían desde el cielo. Por lo expuesto, queda claro que a Cepillo la historia se rehúsa a dejarlo a oscuras y que su legado no sólo perdurará sino que prevalecerá en la historia local, porque su nombre en el mundo del deporte, es inmortal…como el viento.

¡Felicitaciones ENRIQUE CEPILLO BIANCHOTTI por los éxitos que vinieron, los que vienen y los que vendrán! Tu nombre resuena con fuerza toda vez que se buscan referentes en la historia deportiva local y regional. Por esta razón y por muchas otras, te ganaste un espacio en el Museo Virtual del Deporte de Freyre. Tu legado pudo vencer la niebla del tiempo, por eso es importante darle luz para que otros puedan seguir tus huellas. ¡Muchas gracias!

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