Héctor "Tati" Fernández - El artillero de 90 minutos

Su historia

Noventa minutos. Noventa minutos es el tiempo que puede convertir a unos jugadores de fútbol en héroes o en seres olvidables. Este pensamiento recurrente en los consumidores de fútbol argentino, rondaba por la cabeza de todos los integrantes del plantel del 9 de Freyre, previo a un clásico Freyre-Porteña, en el año 1982. El entrenador les recordó con vehemencia a sus dirigidos, que esos dos tiempos de cuarenta cinco minutos cada uno -repletos de coraje, sudor y concentración- definirían su destino deportivo. “El que menos se equivoque podrá darle una alegría a la gente que religiosamente paga la entrada todos los domingos para venir a alentarnos. El que sienta que ya no le da el cuerpo, juegue con el corazón, porque está prohibido rendirse. Es nuestro deber darles una alegría a los pibes, a la hinchada, a los viejos que vienen llueva o nieve, y a las mujeres que nos bancan todos los fines de semana”, exclamó el DT. Rápidamente, la voz de un jugador lo complementó: “Tenemos que ganar, muchachos. Y hoy vos vas a hacer un gol de tiro libre, Tito”. La voz era de Héctor del Valle Fernández Calafat, alias, “Tati”. Y sus palabras tenían como destinatarios a sus compañeros y principalmente al capitán del “9” de Freyre, el mágico Orlando “Tito” Girón. Este episodio se repitió muchas veces, en distintos escenarios, previo al ingreso del "9" a las diversas canchas.

Tati era un muchacho nacido en Las Parejas (Provincia de Santa Fe), la tierra de Jorge Valdano, el delantero de la Selección Argentina que levantó la copa del mundo en México 86, el autor del segundo gol a los alemanes en la final, que produjo que el pueblo argentino lagrimee de alegría.

El documento nacional de identidad delata que Tati Fernández nació el 1 de octubre de 1960, alegrando la vida -para siempre- de sus padres: Raúl Oscar (Pichón) Fernández y Rosa Calafat. Se casó el 30 de abril de 1988, en Freyre, con Elizabeth Lurgo. Juntos construyeron una hermosa familia: primero llegó Imanol (el hijo mayor que hoy tiene 27 años y reside en el exterior buscando potenciar su crecimiento personal y profesional) y luego fue el turno de Trinidad del Valle, (que hoy disfruta sus 19 años y le pone música a los corazones de sus padres). Los amigos lo definen a Tati como un tipo simple, muy trabajador, divertido, solidario, optimista, con muchos valores y grandes condiciones para el deporte (aunque algunos señalan con sonrisas cómplices que le gustaba hacer goles pero que no le gustaba mucho entrenar). Sus ex compañeros y ex rivales de fútbol, aseveran que es una buena persona dentro y fuera de las canchas. En el plano más íntimo, su familia afirma que es buen padre, buen esposo, y un gran compañero.

Tati conoció la pelota de fútbol, cuando daba sus primeros pasos. Se vieron, se miraron fijamente, y desde allí, caminaron a la par. Generaron un vínculo extraordinario que los llevó a recorrer un laberinto de emociones, triunfos, derrotas, y valores. Tati es hincha de Boca.Desde su niñez, no se pierde ningún partido de su equipo preferido. El deporte lo llevó de viaje por la vida; le enseñó a sociabilizar y respetar a las demás personas. Pronto Tati pagarÍa con goles la confianza que cada hincha depositó en él desde sus inicios. Jugaba de 9, lo caracterizaba su potencia, su velocidad y su olfato goleador. En los bares de Freyre, afirman que sus piernas eran las más rápidas del este cordobés. Era un atleta fornido con dominio de balón. Los defensores evitaban trabar una pelota con este feroz centrodelantero. Los que padecían el infortunio de chocar de frente con él, terminaban meses fuera de la cancha, rehabilitándose en algún taller de chapa y pintura. Fuerza, coraje y convicción caracterizaron la performance deportiva de este delantero exótico. Defendió con orgullo las camisetas del Club Atlético 9 de Julio Olímpico de Freyre, Sportivo Belgrano de San Francisco, Juniors de Suardi, Altos de Chipión, Baldisera, 9 de Morteros y Brinkmann. Usaba la 9, la camiseta de los goleadores, la que también usaba Gabriel Omar Batistuta.

Su primer gol en Primera división lo hizo para el 9 de Julio de Freyre, en Balnearia, precisamente en 1977. Y lo gritó con el mismo fervor con el que Victor Hugo Morales relató el majestuoso gol que Diego Armando Maradona les hizo a los ingleses en el estadio Azteca en 1986. El día del primer gol de Tati, en 1977, los jugadores denominados “refuerzos”, venían atravesando una racha de malos resultados. La postal previa al partido es digna de ser contada: Tati estaba sentado en la ventana del viejo Bar Central, con los jugadores de Segunda división, esperando que los pasaran a buscar en camión –el medio de transporte que se usaba en esa época–. Cuando quiso subir, le comunicaron que él no viajaba. La decepción lo inundó. ¡Se enojó mucho! Pensó que lo habían dejado afuera y los peores fantasmas pasaron velozmente por su mente. Lo que aún no sabía era que esa decisión que lo molestó tanto, tenía otro sentido. Ese día, Tati viajaría en camioneta sentado adelante (un verdadero privilegio por entonces), porque iba a debutar en Primera. Su alegría no cabía en todo el Bar Central. En ese partido, hizo un gol y el equipo le puso fin a la mala racha. No perdieron más y salieron campeones. Lamentablemente Tati no pudo jugar el último partido por una enfermedad que lo obligó a hacer reposo. Lo mismo le ocurrió el último partido del campeonato de 1982, cuando también levantaron la copa. En esta ocasión, no pudo disputar la final porque había sido vendido a Sportivo Belgrano.

Resumiendo, Fernández, el goleador serial de Freyre, se coronó campeón en 1977 y 1982 con el 9 de Freyre). Tuvo la fortuna de ser convocado por varios clubes de la capital de la provincia mediterránea de la República Argentina. Los cazadores de talentos advirtieron sus dotes, quisieron tentarlo para que perfore redes en las canchas de Córdoba y del vasto territorio nacional, pero el deber del empleo no permitió que Tati y el gol se abrazaran en "La Docta". Vale recordar, que por esos días, se jugaba por el honor de unas camisetas desteñidas pero que poseían un valor superior a un contenedor de lingotes de oro.

Tati Fernández se tuteó con la gloria deportiva muchas veces, respiró su perfume y disfrutó los objetivos logrados. Pero también -como cualquier mortal- alguna vez se retiró callado de la cancha, con la cabeza baja, arrastrando los botines tapados de tierra y angustia, porque las cosas no habían salido como las había soñado. En esas ocasiones -cuentan sus compañeros- que puteaba bajito mirando el suelo, mientras caminaba lento y tragaba bronca, rumbo a las duchas del vestuario. La vanidad del éxito nunca lo sedujo. Sobran evidencias que revelan que se cruzaron cara a cara varias veces, y que Tati ni siquiera la registró. Eso habla de su humildad y de sus principios. Siempre tuvo claro que la vanidad es una máscara que sólo engaña a la percepción banal de corazones vacíos. Tati buscó la felicidad en sitios donde reina la simpleza y la camaradería. Esto lo hizo merecedor del respeto y del afecto de sus compañeros. Era muy autoexigente; pensaba que un domingo sin sus goles sería un domingo sin sonrisas para muchos freyrenses. Esa profunda convicción hizo que les devolviera a los hinchas de Freyre, cada peso que pagaban de entrada para ver al “9”, con goles que inspiraron los gritos más desaforados de las gargantas más tímidas. Pagó cada mango de la gente con goles y transpiración. Por eso la hinchada nunca lo abandonó. ¡Y los lápices de los diarios de la región tampoco! Los periodistas narraban sus odiseas deportivas y describían atónitos, cómo los misiles del delantero de Freyre, con impiadoso rigor, rompían las redes y abollaban los palos de los arcos de los clubes de zona. La Voz de San Justo lo apodó “el Artillero del 9 de Freyre”. No abundaban los arqueros rivales que le aguantaran un partido sin goles. Los goles y la entrega de Tati no conocieron límites de producción ni cálculos de generosidad.

Quien escribe esta nota, recuerda una tarde en la cancha del “9” de Freyre. El calor era potente, lloviznaba y la humedad alteraba las cabelleras femeninas más tupidas. Alrededor del campo de juego, había centenares de personas ansiosas, prendidas al alambrado. Una docena de pibes pateaban al costado de la cancha –en medio de autos de todos los colores y modelos–, una pelota vieja con aroma a amistad, mientras esperaban que sus ídolos ingresaran a la cancha. Todos se asignaban los nombres de sus ídolos: un zurdo que le pegaba como los Dioses - mientras acomodaba la pelota para patear un tiro libre- decía ser el “Tito” Girón. Minutos después otro niño festejó un golazo aseverando ser el “Tati” Fernández; y había un defensor aguerrido que usaba el número 3 en su espalda y simulaba ser el “Turco” Yafar. Más atrás, parado bajo los tres palos de un pequeño arco oxidado y sin red, un arquerito ajustaba sus guantes nuevos e imitaba -sin margen de error- los gestos de “Mosquito” Massa. Y todos los domingos, un niño muy simpático que la pisaba mejor que todos, decía que jugaba de 11 como Raúl Gaitán, el brillante delantero que les regaló centenares de contenedores de alegría a los freyrenses, y que hoy nos cuida desde el cielo. Tati recuerda a Raúl Gaitán y Sergio Pérez con un nudo en la garganta y con mucho afecto. No es para menos, ambos fueron sus amigos y sus aliados en el frente de ataque del 9. Juntos fueron la pesadilla de muchos defensores.

A Tati Fernández, algunas veces, las lesiones lo visitaron. Los entrenamientos posteriores a la realización de trabajos pesados, le pasaron facturas a su cuerpo. Pero nunca lo tomó como una adversidad, siempre apeló a su optimismo y le daba para adelante con la cabeza levantada. Los entrenadores, los médicos y los kinesiólogos, admiraban su veloz capacidad de recuperación. Quizás el secreto estaba en su mente, en su marcado optimismo. Detestaba faltar un domingo. Consideraba que el fútbol era una linda herramienta para que la gente pudiera desconectarse un rato de la rutina que a veces duele. Adoraba el folclore del fútbol. Los bombos latiendo sin pausa, el humo de los choripanes sobrevolando la cancha, los papeles tapando las líneas de cal dificultando la labor del árbitro y los jueces de línea, las bromas ingeniosas de los hinchas, las banderas y los bocinazos de los autos, caracterizaban los escenarios domingueros. Nadie se quería perder el ingreso de los jugadores en fila india a la cancha. “Hay que ganar, muchachos; vamos a ganar”, repetía con ímpetu el goleador. La arenga nunca faltó. Por alto parlante anunciaban la formación de los dos equipos. Cuando los arqueros rivales escuchaban "Fernandez", se persignaban tres veces. La gente se ilusionaba y el olor a gol se respiraba en todo el predio. “Vos tirala larga, Tito, que yo la corro y defino. Teneme fe”, decía el 9 del “9”. Su presencia en el campo de juego, era una amenaza constante.

Pero en la vida todo pasa y un día el tiempo jugó su carta. Después de tantos piques, caños, goles y festejos, el retiro del futbol golpeó su puerta. Afuera lo esperaban el afecto popular, el reconocimiento de un pueblo y un fuerte aplauso colectivo. Desde entonces, la sonrisa generada por el placer del deber cumplido, posa sobre su rostro. Ese mismo día, Tati comprendió que tal vez una canción había terminado pero que su CD vital continuaría sonando. Actualmente, el ex delantero que despierta simpatía y respeto en los futboleros, y que Freyre se resiste a olvidar, sigue trotando el mundo del deporte. Es posible verlo practicando tenis y pádel. Sus compañeros lo chicanean, le hacen bromas y expresan - con tono jocoso- que Tati como tenista es un gran futbolista. Él, lejos de enojarse, se ríe, les dedica un guiño de ojo y se venga ganándoles varios sets.

Su referente en el mundo deportivo es el tenista Gustavo Fernández, jugador que arremete ante la adversidad, a pesar de su discapacidad. Tati lo define como un ser humano fenomenal y un ejemplo para imitar.

Por todo lo descrito, resta decir gracias TATI FERNÁNDEZ por tu ilimitada entrega y por haber escrito con honorabilidad muchas páginas de la historia del deporte local. En nombre de Freyre, celebramos tu legado, aplaudimos tu trayectoria y alojamos para siempre tu nombre en el Museo Virtual del Deporte de Freyre. ¡Felicitaciones!

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