Osvaldo Serravale - "Bochazo de felicidad"

Su historia

Constituye un deber de todos los pueblos ejercitar la memoria y reconocer a las personas que escribieron páginas de su historia. A continuación se plasmará, en algunas decenas de renglones, el recorrido vital de un vecino que caminó por las canchas de bochas observando cada detalle del piso y disfrutando del calor de la amistad que él mismo contribuyó a forjar. El protagonista de este relato, se ocupaba de que todo estuviera impecable para que los que pisaran el territorio minado de bochas que él cuidaba con fervor, pudieran practicar este deporte con todas las comodidades y sin distracciones.

La teoría de la “mano invisible” pregonada por un economista escocés, no es aplicable en ámbitos donde los resultados se obtienen con sudor, corazón y constancia de seres humanos, como el universo de las bochas. En estos escenarios, la presencia y la intervención de personas como Osvaldo se torna fundamental. Los invito ahora a viajar juntos por su vida y a ir deteniéndonos en postales que ameritan ser observadas con precisión. Osvaldo Bernardo Serravale, nació en 1934, el 21 de agosto, en Colonia Santa Rita. Sus padres fueron Rosa José Serravale y Dominga Bano. La vida del homenajeado de hoy es rica en contenidos, en emociones y en hechos.

Justamente por vivir la vida con intensidad, la mente de Osvaldo, en su adultez, siempre era visitada por bellas imágenes en color sepia, de su niñez. Allí era posible verlo con su tío, con quien asistía a los campeonatos de bochas y se divertía con algunos juegos recreativos para niños (como derrumbar pirámides de latas con una pelota). De este modo, el pequeño Osvaldo cuando tumbaba todas las latas, lograba juntar un puñado de monedas que empleaba para poder ir los fines de semana a jugar a las bochas, que era lo que más le gustaba hacer.

El tiempo fue volando, Osvaldo fue creciendo y le llegó el momento de ingresar al mundo laboral. Nunca descuidó su trabajo, pero tampoco se olvidó de los fines de semanas deportivos. Todos los sábados y domingos tenía una cita impostergable: jugar a las bochas. Para él, esos eventos eran paisajes de oportunidades… En abril de 1960 se casó con Clelia Margarita Cordero. Tuvieron dos hijos: José y María Luisa. Osvaldo y Clelia trabajaron codo a codo para enfrentar cualquier adversidad que pudiera suscitarse.

Paralelamente, Osvaldo tenía asistencia perfecta en el club de Bochas 9 de julio olímpico. Era su refugio preferido. Por esta razón, las autoridades del "9", lo convocaron para que trabajara como cantinero. Él aceptó feliz la propuesta. Esto le permitiría respirar amistad, integración y camaradería todos los días de su vida.

Por la mañana trabajaba en la Municipalidad y las tardes las dedicaba a preparar las canchas para que estuvieran listas y en condiciones para que cuando la luz del sol se durmiera, sus compañeros pudieran practicar cómodamente este deporte que apasionaba y apasiona a muchos freyrenses. En una hoja arrancada de un cuaderno escolar, Osvaldo planificaba sus quehaceres semanales. También destinaba tiempo para construir puentes fuertes de amistad con diversas generaciones. Los cimientos y la calidad de estas obras de infraestructura que levantó, impidieron que los vientos alteraran los sólidos vínculos forjados. Eran muchos los que se acercaban cada noche a hacer rodar las bochas. Una intensa brisa de familiaridad sobrevolaba el ambiente. Todos lo abordaban para hacerle confidencias y los que frecuentaban ese espacio confiesan que la felicidad allí nunca se tomó vacaciones (afirman que permanecía sentada junto a la lealtad, observando atentamente el transcurrir de cada partido).

En el año 2000 a Osvaldo le entregaron una medalla con motivo del 35 aniversario de desempeño laboral; y en 2007 le obsequiaron una plaqueta en reconocimiento a su labor deportiva. Estos gestos fueron caricias al alma que conmovieron profundamente al "Señor de las Bochas". Estas condecoraciones las almacenó en su corazón, por el valor emotivo que significaban en su vida el deporte, los valores y los amigos. Plasmar en un texto la alegría que significaron para Osvaldo esos actos de reconocimiento, excede la capacidad de quien escribe esta nota. Pero para dimensionar esa emociones del protagonista de esta historia –con escaso margen de error– lo mejor es observar las fotos que revelan cómo la felicidad posaba en su rostro, toda vez que la palabra “bochas” era captada por sus oídos. Osvaldo, afirman los jóvenes que lo vieron jugar, era el responsable de haber ejecutado verdaderos bochazos de felicidad, que redundaron en masivas y efusivas alegrías.

Lamentablemente, como todos sabemos, el tiempo nunca se detiene. Transcurre y va dejando marcas en los cuerpos de las personas. Osvaldo no fue la excepción. Tuvo que ser operado de cadera y debido a esto, ya no pudo continuar con su trabajo en las canchas de bochas. Padeció tener que tomar esta decisión, pero aceptó que los naipes que juega la vida no siempre admiten objeción. Le costó no renunciar a haber renunciado a la labor que tantas satisfacciones le brindó, pero el cambio de rutina no pudo hacerlo olvidar de los gloriosos momentos vividos en su amado Club 9 de Julio Olímpico.

La familia de Osvaldo expresa un efusivo agradecimiento a la Institución deportiva de la calle 25 de mayo y a todos los amigos que contribuyeron a crear la felicidad con la que Osvaldo transitó por este mundo. En la actualidad, su hijo José, sigue los pasos de su padre. Es inevitable que en cada partido que disputa, lluevan anécdotas y recuerdos de Osvaldo. Toda vez que esto acontece, la performance de José se potencia abruptamente, como si recibiera una ayudita milagrosa de su ángel protector. Algo de eso debe haber…

Los amigos del club, recuerdan a Osvaldo con cariño y con la nostalgia propia de quien atesora numerosos gratos momentos compartidos. Seguramente esta emoción colectiva se deba a las marcas positivas que Osvaldo dejó en el mundo del deporte. Esta razón y muchas otras, lo hacen merecedor de un espacio en el Museo Virtual del Deporte de Freyre, sitio en el que se atesoran las páginas doradas de la cultura y el deporte local. Freyre no es ingrato con su gente, por eso expresamos este reconocimiento a quien contribuyó en silencio con el deporte local. Quizás por sus pasos firmes, a sus amigos, su última mirada sigue llegándoles a lo más recóndito del alma.

Gracias OSVALDO BERNARDO SERRAVALE por tu distinguida labor en el deporte local. Gracias también a tu familia por permitirnos efectuar este homenaje. Hoy el cielo exhibe una amplia sonrisa y sobran las razones para enmarcar tu legado en el corazón. ¡Felicitaciones y gracias!

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