Roberto "Tito" Carignano - "Prócer inmortal"

Su historia

Treinta de octubre de 1946. Un llanto de un bebé indicó el nacimiento del hijo de Roberto Alfonso Carignano y Antonia Rosa Castaldi. Lo llamaron Roberto Jorge Antonio Carignano, pero rápidamente su nombre se resumió en cuatro letras: “Tito”. Este apodo lo acompañó toda su vida. Desde muy chico, el pequeño “Tito” jugó al fútbol con los amigos del colegio, en el terreno del ferrocarril, con una pelota casera, cuyo valor era superior al balón de oro europeo, porque las manos de los propios pibes eran sus diseñadoras. Por entonces, en el barrio, la creatividad manual tenía un valor único e imponderable.

Un día, “Tito” recibió de regalo una pelota de fútbol que disfrutó a más no poder, junto a una tropa de niños que le sacaban chispas a la tierra de un campito. Todos simulaban ser algún jugador de River o de Boca. Los partidos eran por el honor.

"Tito" disfrutó de todos los deportes, pero se sintió flechado por la “pasión de multitudes" desde siempre y para siempre. Pasaba horas mirando y/o escuchando todo partido que se cruzara por el televisor y la radio. No importaba que fueran partidos amistosos; él siempre estaba firme como un granadero, apreciando todo evento deportivo. Eligió el fútbol como una instancia vital. Pocos ignoran que fue hincha de River, pero esta devoción nunca le impidió disfrutar las artes futbolísticas de cualquier equipo que las exhibiera. Podía mirar un partido que se disputaba en el mejor estadio europeo o simplemente pararse ante un impactante baldío donde los arcos están marcados, de manera improvisada pero emocionante, con bolsos de distintos tamaños y colores. Para él, lo majestuoso no era sinónimo de felicidad. Supo disfrutar lo simple, lo cotidiano…¡lo importante!

En febrero de 1977, precisamente el 12, se casó con Graciela Cerutti, compañera incondicional que caminó a su lado en todo emprendimiento que encaró. El 24 de agosto de 1980 nació su hijo. Lo llamaron Andrés Luis. Graciela y Andrés fueron los pilares irremplazables de “Tito”. Lo llenaron de energía y luz para encarar cada día con alegría, felicidad, solidaridad y respeto por los demás. Siempre se ocupó de las causas nobles. Lo desvelaban los pibes postergados. Se encargó de acercarlos al mundo del deporte como herramienta de inclusión. Lo hizo en Barrio Centro (en el período 1980-1992); en el Baby Fútbol (1992-1995) y en las divisiones inferiores del Club 9 de Julio Olímpico de Freyre (1996-1998). Los fines de semana, tuvo asistencia perfecta en las canchas de la zona, acompañando a los niños de la localidad. Nunca los presionó para conseguir resultados. Entendía que el deporte era el alimento perfecto para educar y fomentar la integración social. Su felicidad la obtenía viendo a los pibes felices corriendo detrás de una pelota.

Fue un dirigente deportivo creativo y con una vocación de servicio digna de aplaudir. Para recaudar fondos para que a los pibes no les faltara nada y sólo pensaran en jugar, realizó remates, inventó el “chancho móvil”, hizo diversas rifas e implementó otras estrategias vanguardistas para recaudar un puñado de billetes que le permitieran comprar indumentaria deportiva para motivar a los niños con nuevas camisetas, medias y pantaloncitos.

Los días lunes, con una disciplina estoica, repartía los bolsos de cada categoría a distintas familias que colaboraban con el lavado de la ropa de inferiores del club. Era como un reloj suizo: nunca falló. Jamás necesitó poner una excusa para justificar un olvido. Fue siempre un tipo presente; fue el segundo padre de muchos niños. En él, todos encontraban una persona en quien confiar y a quién acudir ante una urgencia. Su espíritu solidario era rápidamente percibido cuando ingresaba a cualquier lugar. Quizás Winston Churchill se inspiró en “Tito” cuando esbozó esta fantástica frase: “las actitudes son más importantes que las aptitudes”.

En la cantina del Baby y del Club 9 de Julio, vivió momentos mágicos, compartiendo bromas, risas y charlas profundas, con sus amigos. Ejercitó y profesó la felicidad cada día. Vivió sin cuentas pendientes. Se preocupó y ocupó del futuro de una sociedad: los pibes. En cada dificultad vio un mundo de oportunidades. Su espíritu amateur y el amor con el que desempeño su noble tarea, evidencian su altruismo.

El 3 de mayo de 1998, viajó a Morteros, al Club 9 de Julio, con su querido amigo Eladio Ferrero, llevando documentación que los jugadores habían olvidado. Esa tarde era especial. Había un motivo extra para ir: su hijo Andrés debutaba como titular en el arco de Primera División del “9” de Freyre. Pero de repente, todo cambió. Ese día lleno de luz se transformó, en unos ácidos minutos, en una fecha oscura y triste: el corazón de "Tito” decidió detenerse. El destino le jugó una mala pasada. La noticia conmocionó y dejó en estado de shock a todos los freyrenses. Fue un golpe a la mandíbula de cada freyrense que los tiró a la lona a todos. Ese día la gente se tomó la cara con las dos manos, y buscaba hallar alguna explicación. “No es posible”, decían todos con los ojos húmedos, cuando se enteraron de la noticia. Desde entonces, su nombre retumba con fuerza como sinónimo de “solidaridad” en las canchas de futbol de Freyre y de la zona.

Su presencia se extraña en las comisiones y sus huellas son imborrables e irremplazables. “Tito” siempre tenía la palabra y la broma justa para cada momento. Fue una pieza fundamental en la vida de entrenadores como el “Profe” Jorge Giacomino, Jorge “Cabecita” Boero y Maciel Vottero. Fue la evidencia que reveló que en la vida, los diplomas no son tan importantes. Lo que cuenta es el trabajo constante y ser buenas personas. A medida que la gente lo iba conociendo, su bondad fue aplaudida por un público cada vez más grande. En su transitar por distintas comisiones y cooperadoras locales, forjó una de las reputaciones más veneradas de Freyre. Nunca le importó ser famoso, sólo buscó mejorarles y alegrarles la vida a los niños. Lo logró; lo hizo –quizás sin darse cuenta–. Su popularidad sigue vigente como cuando les entregaba las camisetas lavadas y planchadas –con aroma a familia y contención– a cada pibe. Sus arengas y su humor eran infaltables. Sus debates sobre River y Boca con Pablo “Pololo” Secrestat fueron postales domingueras. Si hubieran vertido esos diálogos en un libro, éste habría sido, sin dudas, un “best seller, superando a escritores de la talla de Jorge Mario Vargas Llosa y Eduardo Galeano.

“Tito” no necesitaba una mega-ciudad, él solo soñaba con una localidad a “escala humana”. Trabajó desde su lugar, para construir una localidad con corazón. Todos los pibes y los ex compañeros de comisiones, lo citan como un gurú de la solidaridad y lo recuerdan como ejemplo a seguir, en los diálogos sobre buena gente que frecuentan las mesas familiares. Un amigo que lo recuerda con profunda emoción, comenta que en algunas reuniones sociales en las que no se hablaba de fútbol, “Tito” iba acomodando la pelota, como sin querer, en la conversación, y lo transformaba en tema central.

“Tito” Carignano, no sólo se ocupaba de que lo acontecía dentro del campo de juego; también se encargaba de generar un clima armonioso en la gente que asistía a los eventos deportivos. Escribir sobre Roberto Carignano no es se limita a relatar el paisaje de un partido de futbol, porque sembró mucha bondad y generosidad que hoy sigue regando el césped del deporte de Freyre; porque su hijo Andrés, heredó la sensibilidad social de sus padres y la pone a disposición de los planteles de las divisiones inferiores del “9”, aportando felicidad y futuro a los pequeños que pronto serán hombres. “El fruto no cae tan lejos del árbol”, dicen las abuelas. Andrés le dio vigencia a tan bellas palabras, continuando el proyecto de su padre: “trabajar para generar un vínculo sólido y sano entre los niños y el deporte”. Cumple a rajatablas este objetivo cada fin de semana. Es un hermoso modo de honrar a “Tito” y de contribuir a desarrollar una localidad más justa, más próspera y más alegre. Merced a la obra de Andrés, a “Tito” se lo siente presente en cada partido, sonriente y contento. “Los discípulos son la biografía del maestro”, supo expresar Domingo Faustino Sarmiento…

Roberto Carignano levantó trofeos, integró caravanas de autos, con su Jeep rojo inolvidable, para homenajear a equipos campeones de la liga de barrios de los años 1990; organizó cenas de despedidas de pibes como si fueran sus propios hijos (como el caso del querido “Toncho Dagatti”) y jamás mezquinó ofrecer sus dos manos a quien necesitara asistencia. Es imposible que un ser humano pueda sentirse mal cuando ha hecho tantas obras de bien.

Gracias “Tito” Carignano por ser un pilar social ejemplar para Freyre. Gracias por entender el deporte como la mejor medicina contra la exclusión y los males que aquejan a nuestra sociedad. Gracias por construir futuro para muchos mediante la producción en serie de buenas personas. Los pibes, los padres y los que tuvieron el placer de disfrutarte te recuerdan y te ovacionan de pie por tu fastuoso legado. La historia es amable con vos por la inmensa cantidad de páginas de bondad que escribiste.

¡Hasta pronto y gracias por tanto, TITO querido!

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