Rubén Massa - "El señor de los 3 palos"

Su historia

El arquero es un ser solitario que está condenado a mirar el partido desde atrás y a varios metros de distancia. Prácticamente no tiene margen de error, porque cuando falla, atrás solo tiene la red. Siempre está en desventaja. En el Baby juegan con una pelota que es pesada y si al arquero se enfrenta con uno que patea fuerte, le abolla el cuerpo. Después pasan a cancha de 11 jugadores y son unas hormiguitas perdidas en un arco inmenso de 7,32 metros, por tanto, si el delantero le pega arriba y emboca a los tres palos, seguro que es gol. Realmente el arco debe gustarle mucho a alguien, para que acepte tantos perjuicios y desafíos. Quizás por eso los arqueros, en general, son audaces.

Esta compleja posición dentro del campo de juego es la que escogió y abrazó un freyrense, que dejó escrito su nombre en los palos de la cancha del 9 de Julio Olímpico de Freyre. Me refiero a Rubén Massa, alias “Mosquito”, un jugador respetado y querido por propios y extraños, por quien el pueblo de Freyre siente especial afecto, que se manifiesta en cada charla de bar y en cada mateada donde se hable de fútbol. Mosquito Massa conoce muy bien el oficio de aguardar a solas y muy concentrado, cuidando el arco y sin salir del área grande –salvo pocas excepciones– su próxima batalla. Desde muy pequeño supo que el arquero es un jugador distinto: su ropa es diferente a la de sus compañeros, entrena con métodos disímiles y es el único de los 11 que usa las manos.

Mosquito usó el número 1 en su espalda y estaba programado para desactivar situaciones de gol de sus rivales. Debutó en primera división luciendo la camiseta del 9 de Freyre en la cancha de Sportivo Suardi, a los 16 años. Por entonces los juveniles jugaban los domingos a la mañana, antes de la reserva y la primera. Ese día, Rubén se estaba cambiando para jugar con la juvenil y justo cuando se estaba calzando los guantes, le comunicaron que no jugaría en su categoría porque tenía asignada otra labor: cuidar el arco de la primera división del 9 de Freyre. Sus pupilas aumentaron de tamaño automáticamente, delatando su alegría.

Maciel Vottero, director técnico y excompañero de este popular arquero que hoy nos convoca, lo define como un excelente compañero, un jugador muy comprometido, y entre sus virtudes, destaca que Mosquito era un estudioso memorioso de las características de los rivales. “En su cabeza tenía una radiografía en alta definición, de los delanteros que debía enfrentar”, afirma el exzaguero del 9.

En sintonía con esta descripción de arrojo y compromiso, dos vecinos recuerdan un entrenamiento en el que el Tati Fernández bajó a Mosquito de un pelotazo en la cabeza como un muñeco de kermesse. Todos se asustaron al verlo tendido en el piso y corrieron a socorrerlo. Mosquito se levantó de un salto y dijo ‘¡Pateá de nuevo Tati; 3 tiros por $10 te doy! Y siguió como si nada. Este episodio retrata su personalidad a la perfección… La historia de Rubén Massa está llena de acontecimiento de camaradería, amistad, altruismo y entrega. Fue el único arquero de la zona a quien la zurda mágica del Tito Girón no pudo vencer con sus fenomenales disparos de tiro libre (cuando se enfrentaban en los entrenamientos). Usaba lentes de contacto para jugar. Esto le permitía observar, con mayor nitidez, el campo de juego.

Enrique “Cepillo” Bianchotti, Edgardo Comoglio y Roberto “Amaral” Pereyra confesaron que era difícil hacerle goles a Mosquito, porque estaba siempre bien ubicado y era un gran atajador. Y agregaron: “como se dice en el mundo futbolero, Mosquito achicaba bien el arco”. El expresidente del 9 de Julio Olímpico de Freyre, Héctor Roggero, resalta también la estatura del arquero freyrense.

Durante 15 años, este guardavalla defendió el arco y la camiseta del 9 de Freyre. En las fotos del fútbol regional de la década de 1980, Mosquito es una pieza infaltable. Desde 1983 se ganó la titularidad y fue el dueño del arco durante mucho tiempo. También incursionó en el básquet, llegando a tener destacadas participaciones en la zona. En algún momento dudó si rumbear para el mundo de las pelotas naranjas, aros, tableros, triples, dobles y bandejas o trotar para el lado del césped, las atajadas, guantes y goles. Escogió esta segunda opción y el fútbol y la gente se lo agradecieron.

Los domingos, los pibes que iban a ver los partidos, lo imitaban, se autoasignaban su nombre sin pedirle permiso y se peleaban por pelotearlo cuando entraba en calor, previo a cada partido. Ponerse unos segundos los guantes de Mosquito era una experiencia mágica, que quedaba grabado para siempre en los corazones de los que tuvieron ese privilegio.

Con los colores del 9 de Freyre se consagró campeón de la Liga Regional San Francisco. Integró el plantel campeón de 1982. Este logro lo vive siempre en tiempo presente y lo emociona. En el año 1986, el club de Freyre no participó de la Liga, entonces Mosquito emigró hacia la ciudad de Las Varillas y jugó con la camiseta de Mitre. También fue el guardián del arco del club El Tala, de la ciudad de San Francisco. Lamentablemente, una lesión en la rodilla derecha lo obligó a abandonar las canchas como jugador en el año 2002, a los 39 años. Pero este suceso no implicó su retiro del fútbol. Continuó ligado a la redonda como Director Técnico, logrando consagrarse campeón con el Club Defensores de Frontera, en la Liga Rafaelina. Esta fue otra satisfacción que el deporte le retribuyó por su entrega y bondad.

Mosquito es hincha de River y su ídolo es Matías Almeyda, un sublime mediocampista del Millonario y la Selección Argentina –actual Director Técnico en el fútbol estadounidense–. Nació el 25 de junio de 1963, hijo de Alfredo Massa y Juana Ángela Gudiño. Durante su infancia abundó el fútbol. Los partidos se disputaban en cualquier calle o baldío. Allí donde pudiera rodar la pelota, era un espacio apto para las gambetas, las voladas y algunas patadas. César Carignano, el crack freyrense que lució la camiseta de la Selección Argentina e hizo goles en distintos rincones del planeta, recuerda que Mosquito fue vecino de sus padres y que durante su infancia él siempre lo veía ir a los entrenamientos. Quizás observando a Mosquito, “el Carigol” aprendió a detectar como enfrentar a los arqueros más virtuosos.

El popular arquero freyrense, el 2 de marzo de 1991, se casó con Marta Albrecht y se fue a vivir a San Francisco, aunque todos los días es posible verlo trabajando en Manfrey. Con Marta tienen dos hijos: Rodrigo y Emanuel. Su familia es su patrimonio más valioso. En materia deportiva, Mosquito siempre tuvo claro que el arquero tiene un rol que implica mucha responsabilidad. Es el que salva o hunde al equipo. Tal vez tuvo 15 atajadas buenísimas, pero le pifia en un centro y pasa a ser el culpable de la derrota, el chivo expiatorio. Su fortaleza anímica le permitió asumir ese rol. Sus compañeros reconocen en él, su temple, su capacidad de transmitir calma en los momentos más agitados y su buen humor constante en el vestuario, en los partidos oficiales y en los entrenamientos. Siempre tuvo la aptitud necesaria para bancarse los sinsabores del puesto y las críticas eventuales del periodismo ante una tarde sombría. Es quien levantaba el ánimo del plantel cuando la impotencia se apoderaba del vestuario, ante un resultado negativo.

Poseía un estilo de juego similar al de José Luis Chilavert, el brillante arquero paraguayo que tantas satisfacciones le dio a Vélez y a la Selección guaraní. Mosquito estaba siempre bien parado, bajo los tres palos. La información de cada jugador rival que le dictaba su mente, le permitía adelantarse a la jugada y esto evitaba que tuviese que volar desesperado a último momento. Su altura y su voz de mando fueron herramientas que empleó para ordenar a su equipo y para amedrentar a los rivales. Para él no existían las pelotas fáciles. En las charlas con sus compañeros repetía una y otra vez que “los arqueros no deben tener exceso de confianza y tampoco baja autoestima”. El secreto para él, era la mesura. Solía enfrentar grandes duelos con los delanteros, exponiendo su pecho para detener la pelota y frustrar de este modo, las intenciones de los delanteros más temerarios. También es posible recordar algunos corners gloriosos en los que había una tensión tremenda en el área (más de una docena de personas amontonadas buscando objetivos distintos). Mosquito salía convencido, con la rodilla arriba, se elevaba y cortaba la jugada, agarrando la pelota con una sola mano, logrando la ovación y los suspiros de los hinchas del 9. En ocasiones en las que un compañero cometía una falta dentro del área grande, y el árbitro cobraba penal, él quedaba solo ante su verdugo y, no pocas veces, con sus manos impidió el gol del rival y silenció al público rival, despertando –en simultáneo– aplausos masivos y cánticos eufóricos de los hinchas del “9”, que invadían el viento –y el eco los esparcía por todo el predio deportivo–. El fútbol y Mosquito Massa vivieron momentos memorables juntos y no hay objeción posible a esta afirmación. Se vislumbra en cada foto, en cada recuerdo y en cada testimonio. Cuando se les pidió a varios excompañeros de este querido arquero de Freyre, que definieran a Mosquito Massa, una frase se impuso por unanimidad. Todos con vehemencia y convicción, dijeron: “Mosquito es un Señor, un gran arquero y un ser humano excelente”. Sólo pocos poseen la singularidad de dejar huellas positivas en la vida en general y también en el terreno deportivo. Mosquito es uno, así lo reconocen los freyrenses, toda vez que miran el pasado deportivo y sonríen. A esta altura, ya no quedan dudas que, para ganarse este reconocimiento colectivo, “el Señor de los 3 palos” mucho mérito ha hecho.

¡Felicitaciones RUBÉN “MOSQUITO” MASSA por tu sereno, firme y ejemplar caminar por el deporte de Freyre! Gracias por los momentos de felicidad que le regalaste a muchos niños, jóvenes y adultos. Tu legado se inscribe en las páginas más nobles del Museo Virtual del Deporte de Freyre. Muchas gracias a tu familia por permitirnos efectuarte este pequeño reconocimiento y vaya también un enorme agradecimiento a Maciel Vottero, Edgardo Comoglio, Enrique Bianchotti, Roberto “Amaral” Pereyra y Héctor Roggero, por los valiosos aportes que realizaron para ponerle luz a tu importante obra. ¡Que viva el fútbol!

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